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Ciudad de Castro Chiloe
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Ángel Martínez Bermejo

El fin del mundo en Chiloé

Blinovita/Depositphotos.com

Siempre quise ir a Chiloé. Siempre, desde que la descubrí hace muchos años en un atlas y la vi como una isla grande, en el sur de Chile, frente al Pacífico. Repleta de misterios. Y fue uno de esos momentos, no el único, en que con toda la inconsciencia del mundo puse mi dedo en el mapa y me dije “alguna vez iré ahí”.

Así que muchos años después cumplí mi palabra y salté al barco que cruza las aguas del canal de Chacao para ir en busca de mi isla. El viaje fue corto pero en todo momento tuve la sensación de acercarme a un lugar diferente. El cartel de “wifi a bordo” aportaba un punto de modernidad a la travesía pero los pasajeros se entretenían mirando las manchas de algas que se mecían con las olas y los lobos marinos que descansaban sobre las rocas cerca ya del embarcadero de destino. Pensé que siempre hay que llegar a las islas en barco, sobre todo a las que alguna vez han ocupado el espacio —geográfico o mental— de un Finis Terrae, y Chiloé es uno de ellos. Es cierto que desde hace unos pocos años aterrizan los vuelos comerciales en el aeropuerto local pero todavía pervive entre sus habitantes la conciencia de estar lejos del mundo, de que éste es un territorio en el que naturaleza sigue al mando y conviene tenerla en cuenta en cada momento.

Pensé que siempre hay que llegar a las islas en barco.

Si esto ocurre en la Isla Grande de Chiloé, pensé, qué será en los cinco diminutos archipiélagos que flotan en los golfos de Ancud y Corcovado que se forman en el lado de la isla que mira al continente. Por esta parte, sobre el horizonte, se ven las siluetas de los volcanes andinos Huequi, Michinmahuida y Corcovado, como flotando sobre las aguas. Sí, Chiloé me pareció otro mundo.

La isla es especial por muchas cosas. Por su situación geográfica, por su naturaleza, por su arquitectura. Y por su literatura. De aquí era Francisco Coloane, el escritor de los espacios abiertos, de la aventura en los confines del mundo, del terror de los náufragos, del destino incierto de los polizones, de la vida peligrosa de los cazadores de focas. Es lo más parecido que tenemos a Jack London en español.

Iglesia Chiloe

Brizardh/Depositphotos.com

Chiloé es famosa, también, por las misiones que construyeron los jesuitas durante el periodo colonial y fueron durante un par de siglos el enclave más remoto de la cristiandad. Varias de ellas están inscritas en la lista del patrimonio mundial de la Unesco. Y así fui en busca de algunas de ellas porque me parece que son el reflejo de un mundo perdido, la fotografía de una época. Y también porque son una belleza.

Pero en realidad, en Chiloé mi destino era otro. Un lugar perdido que había descubierto hace muchos años al recorrer los mapas con la yema de los dedos.

Toda el litoral es un mundo intransitable de sierras cubiertas de bosques espesos, un espacio aislado del resto del mundo.

Tanto el litoral septentrional como el oriental de Chiloé están frente al continente y allí se encuentran todas las poblaciones: Ancud, Castro, Chonchi, Quellón, Quemchi y Achao, con sus nombres que resuenan con la música de los lugares lejanos. Son nombres antes nunca oídos. Desde ellos se ve el Chile continental, lo que, de alguna manera, hace de esta parte de la isla un mundo protegido, cercano. Sin embargo, tanto la costa occidental como la meridional están abiertas al océano y en ellas no hay ninguna población. Salvo Cucao.

Toda este litoral es un mundo intransitable de sierras cubiertas de bosques espesos, un espacio aislado del resto del mundo. Charles Darwin, que recorrió la isla, refiere dos casos diferentes de náufragos que consiguieron llegar a esta orilla perdida, sólo para descubrir que no podían salir de allí. De hecho, el Beagle recogió a unos balleneros que habían sido arrojados allí por las olas y llevaban 15 meses buscando la manera de encontrar un camino por el bosque.

Lo curioso es que en este litoral que parece inalcanzable existe una aldea llamada Cucao y se puede llegar hasta allí atravesando dos lagos alargados, el Huillinco y el Cucao. En tiempos de Darwin había un camino pavimentado con troncos de árboles pero tan deteriorado que tuvo que saltar a una piragua local para continuar su camino. La tripulación le pareció muy extraña. “Dudo mucho que se hayan podido reunir jamás en una pequeña embarcación seis hombrecillos más feos”, escribió en su Diario con su peculiar estilo. Ahora hay una carretera en buenas condiciones.

Por aquí también anduvo Bruce Chatwin, el inglés que mejor describió la Patagonia. Siguió el mismo camino —que estaba igual de mal que en los tiempos de Darwin— y también tuvo que tomar en Huillinco una embarcación, en su caso un transbordador. Chatwin estaba encantado de encontrar esta zona de lagos y barcas, alejada del resto del mundo, la leyenda del barquero que transporta el alma de los difuntos.

Muelle de las Almas de Cucao Chiloé

Diegograndi/Depositphotos.com

Llegué a Huillinco, que sigue cumpliendo con la descripción de Chatwin: «un grupo de casas, un embarcadero y el lago del otro lado”. Su cementerio es uno de los más peculiares que he visto. Allí hay muchas tumbas que son como las de cualquier otro lugar del mundo pero también hay muchas construcciones que se parecen a las casas tradicionales que se ven en las calles. Son pequeños mausoleos que no tienen esa apariencia tétrica de la mayor parte de los cementerios del mundo. Algunas son poco más que una caseta, pero también hay construcciones más grandes. Aquí los difuntos descansan en casitas que tienen un pequeño cuarto de estar, donde hay asientos, retratos en las paredes, estantes con cosas. Me dijeron que la gente viene a visitar a sus muertos como quien va a visitar a un vivo, a su casa. Que entran en la salita, arreglan las cosas, se sientan y pasan un rato allí, charlando o en silencio, recordando a los que se fueron».

En Huillinco ya no había ningún barco que navegara el lago así que seguí hasta Cucao por carretera.

El Beagle recogió a unos balleneros que habían sido arrojados allí por las olas y llevaban 15 meses intentanto salir.

Las casas de Cucao están separadas del océano por una barra de arena que obliga al río a completar un meandro. En la otra orilla empezaba el bosque así que empecé a caminar. Parecía que los troncos de los árboles no tuvieran corteza sino una piel fina y delicada que brillaba en la penumbra. Las bayas maduras de chaura eran puntos de color púrpura tan intenso que parecía irreal. Atravesé un trecho del bosque y me dirigí hacia el océano. Trepé a una duna y al final, a cada paso que daba, se ampliaba el horizonte. Desde lo alto me asomé al infinito. El día era gris y las olas batían con fuerza sobre la base de la duna y cada golpe era como un mordisco que se llevaba una buena porción de arena.

Así que éste es el fin del mundo en Chiloé, el lugar al que siempre quise llegar. Hacia el norte y hacia el sur se extendía una playa inmensa. Daban ganas de caminar y caminar por esta playa solitaria. Darwin se lo propuso a sus guías pero le quitaron la idea de la cabeza. Es imposible. Las sierras llegan hasta la orilla e impiden el paso. Está bien que haya lugares inaccesibles más allá del fin del mundo.

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