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Desierto de Atacama Géiseres del Tatio
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Ángel Martínez Bermejo

Luces, géiseres y oasis en el desierto de Atacama

Nataliya Hora/Shutterstock.com

Fui al norte de Chile, al desierto de Atacama, en busca de la naturaleza extrema de uno de los lugares más áridos del planeta. Allí hay volcanes, lagos salados, géiseres, flamencos rosas y cactus gigantes. Y oasis donde surge la vida y permanece la historia.

Así que emprendí el camino hacia San Pedro de Atacama. Se distingue desde lejos. Viniendo desde Calama, donde está el aeropuerto y la mina a cielo abierto más grande del mundo, cuando la carretera inicia el descenso hacia esta planicie rodeada de volcanes, de repente se ve la imagen más extraña. Es un oasis en el desierto más seco del planeta, pero está rodeado de montañas de 6.000 metros, con hielo y nieve en sus cumbres. Y allí, abajo, la mancha de verdor de San Pedro, el lugar donde se han cruzado todos los caminos que han atravesado esta región desde hace milenios.

Los libros de historia dicen que este oasis fue el más poblado de toda la región en tiempos prehispánicos, cuando en este desierto de altura florecían culturas que ahora sólo cabe calificar de misteriosas porque ignoramos casi todo de ellas. En San Pedro las recuerda el museo Le Paige, que toma el nombre de un jesuita belga que estudió las vidas de los antiguos habitantes de este lugar. Ya no se exponen, como vi hace muchos años, las momias que aparecieron en las excavaciones arqueológicas, pero hay mucho que ver y aprender en esas salas. Hay unas piezas extrañas que nos hablan de esta civilización: unas tabletas de madera esculpida sobre las que se depositaba una pequeña cantidad de un polvo hecho con plantas secas que inhalaban por un tubo.

Los arqueólogos han descubierto, en las cumbres de los volcanes cercanos, las huellas de ceremonias religiosas de hace siglos

El recuerdo de esos tiempos lejanos se encuentra en los alrededores de San Pedro. Justo a las afueras, en lo alto de una colina, asomados a un precipicio, aparecen los restos del pukará de Quitor, un poblado fortificado de hace 800 años. Poca cosa en una tierra en la que es fácil hablar de milenios. La prueba está a diez kilómetros, en el yacimiento arqueológico de Tulor, donde se distinguen los trazos redondeados de las casas de hace 3.000 años. Recuerdos de otro tiempo, y de otras culturas, de otra forma de entender el mundo. Los arqueólogos han descubierto, en las cumbres de los volcanes cercanos, las huellas de ceremonias religiosas de hace siglos. Son los ritos más cercanos al cielo que haya practicado el ser humano.

Durante varios días caminé por San Pedro buscando la sombra de las tapias de adobe que protegían los pequeños campos de cultivo. Todavía se conservan algunas casas centenarias, y de una me dijeron que fue la de Pedro Valdivia, el conquistador español de la zona. El poblado se convirtió en el centro administrativo en la época colonial y los antiguos caminos prehispánicos se siguieron utilizando como las rutas del correo que atravesaban estos territorios extremos. La iglesia, pequeña, siempre encalada, con esa arquitectura andina adaptada a los ritos y al paisaje, es el punto alrededor del que gira la vida del pueblo.

Desierto de Atacama Laguna Chaxa

Filipe Frazao/Shutterstock.com

La belleza de estos paisajes ha atraído a un flujo constante de viajeros en las últimas décadas. Se puede decir que San Pedro de Atacama es la capital arqueológica de Chile, pero también el principal centro turístico de este Norte Grande donde los viajeros buscan los espacios infinitos. Más allá de las dunas de arena y sal del valle de la Luna y los precipicios rojos del valle de la Muerte, la naturaleza marca los caminos. Como el del salar de Atacama, el más extenso de Chile. Una gran costra salina salpicada de lagunas donde anidan los flamencos y que, cuando no hay viento, reflejan el perfil de los volcanes en su superficie tersa. Sus aguas densas son casi tan salobres como las del mar Muerto. Sin embargo, se sabe que, a centenares de metros de profundidad, hay agua fósil.

Se puede decir que San Pedro de Atacama es la capital arqueológica de Chile

Más cerca de San Pedro, en el valle de la Luna, la tierra se agrieta y deja ver el interior profundo, tallado durante milenios por las fuerzas de naturaleza. Allí vi barrancos cavados por torrentes que corrieron una sola vez hace cientos de años y nunca más volvieron a aparecer. El viento ha modelado las placas de arcilla hasta crear montañas que parecen dunas que el viento no mueve. Lo llaman el valle de la Luna porque parece que su paisaje irreal no es de este mundo. A mediodía caminé por una quebrada y las sombras eran negras y la arena clara deslumbraba. La luz era pura e intensa. Pero cuando el sol se acercaba al horizonte todo se dulcificó. El cielo se volvió rosa durante unos minutos y la silueta perfecta del volcán Licancábur parecía flotar sobre el horizonte. Cuando el viento se paraba, se diría que no había un sonido en el universo. De repente llegó una ráfaga de aire cálido de no se sabe dónde, y sentí que alguien, un gigante invisible, me acariciaba. Sí, el valle de la Luna no parece de este mundo.

San Pedro de Atacama se encuentra a 2.400 metros de altitud, y allí se siente el aire fino de las montañas. Los coches también notan la falta de oxígeno, y los conductores deben afinarlos bien para conducir por estas pistas, sobre todo si emprenden algún viaje a las pampas a más de 4.000 metros. Algo necesario para conocer uno de los espectáculos más impresionantes de la naturaleza.

Desierto de Atacama Valle de la Luna

D’July/Shutterstock.com

Un día salí mucho antes del amanecer para llegar a la pampa de El Tatio con los primeros resplandores del alba, cuando las montañas son sólo una silueta contra un cielo de color cobalto, para llegar a tiempo a la cita con el milagro en el valle de los Mil Espíritus. En el camino parecía que la pista sólo llegaba hasta donde alumbraban los faros del todo-terreno. El coche rodaba con lentitud porque acusaba la falta de oxígeno. Pasamos junto a regatos helados y praderas salpicadas de matorrales de paja brava, y todo era azul en la penumbra del desierto. De repente, al descender de un collado, distinguí lo que parecían unas nubecillas pegadas al suelo, unos chorros de vapor que se elevaban a poco más de la estatura de un hombre.

Y entonces ocurrió. Al amanecer, los géiseres responden a una antigua orden bíblica: crecen y se multiplican. Lo que antes era una columna de vapor de dos metros llegó a cuatro, a ocho, a quince en pocos minutos. Caminé entre el vaho que surgía de la tierra helada, como entre una niebla recién nacida. Era como asistir al despertar de las entrañas de la Tierra.

Lo que antes era una columna de vapor de dos metros llegó a cuatro, a ocho, a quince en pocos minutos.

El espectáculo alcanzó su apogeo en el instante exacto en que el sol asomó por detrás de las cumbres. Es la mayor celebración que ofrece un rincón perdido de las montañas al amanecer de cada día, y cualquiera olvida que cuesta trabajo respirar. Es fácil entender que esta pampa haya sido un lugar especial desde hace siglos para las gentes que se adentraban en estas soledades, un paraje sagrado para las antiguas culturas atacameñas que le dieron el nombre más apropiado: el valle de los Mil Espíritus.

Al acercarme a cualquiera de las grietas de las que surgen estas columnas de vapor notaba cómo tiembla la tierra por esos empellones subterráneos. También se oía un rugido desde el fondo del mundo. Y uno comprende entonces el significado del nombre de El Tatio: “El viejo que llora”.

Y tal como vienen se van. Un par de horas después sólo quedaban dos o tres géiseres, pequeños fantasmas de su reciente grandeza. A uno de ellos, al mayor, le llaman el Abuelo. Los demás habían desaparecido, y la puna se olvidó de este espectáculo fugaz. Todavía corrían unos arroyuelos que culebreaban por la pampa, y el vaho que emitían es como un aura que los perseguía. Quedan los dibujos formados por las precipitaciones salinas, extrañas filigranas de todas las tonalidades —amarillentas, rojizas, verdosas— que brillarán al sol hasta que se sequen. Creo que el viaje a los géiseres de El Tatio es uno de los más espectaculares de todo el continente.

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