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Leticia Amazonas
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José Fajardo

Dentro de la espesura de la selva en el Amazonas colombiano

Andres Avecedo/Shutterstock.com

Primer consejo para visitar el Amazonas colombiano: reservar el asiento de la ventanilla en el vuelo. Cuando llegas a Leticia desde la capital en Bogotá (apenas son dos horas), el paisaje en las alturas es fabuloso. Desde arriba, te sientes como un gigante que atravesara un manto de musgo infinito. Por primera vez en mis viajes sucumbí a la moda de sacar fotos con el móvil desde el avión para capturar ese verde impenetrable surcado por riachuelos que van más allá de lo que uno alcanza a ver.

Colombia es un destino menos popular que Brasil o Perú para adentrarse en estas selvas tropicales por las que discurre la cuenca del Amazonas. El viajero que visita el país durante unos pocos días no suele incluir en su calendario esta región. Sin embargo, la oferta se ha enriquecido en los últimos años: hay planes de aventura en la naturaleza pero también circuitos románticos y visitas en familia.

Una excursión agradable es llegar en barco hasta Puerto Nariño y pasar allá al menos una noche. El viaje se demora varias horas durante las que se atraviesan parajes turísticos como la Isla de los Micos, donde decenas de monos ardilla (animalillos pequeños y dóciles) acuden a recibir al visitante y juguetean saltando entre las cabezas de la gente en busca de comida.

Dicen que uno puede desayunar en Colombia, comer en Perú y cenar en Brasil en el mismo día

Puerto Nariño, donde no se ven vehículos a motor, es un ejemplo de conservación: hay alojamientos cómodos y restaurantes a buen precio donde degustar delicias locales como el pirarucú, uno de los peces de agua dulce más grande del mundo (dicen que el segundo), de carne sabrosa y tierna. Desde el mirador se contemplan las casitas de madera pintadas con colores vistosos y, al fondo, el río y la selva.

Puerto Nariño

Alfredo Ottonello/Shutterstock.com

Cerca de Leticia es posible profundizar en las culturas locales en el Parque Ecológico Mundo Amazónico, donde los guías son indígenas y expertos en saberes ancestrales (botánica, especies marinas, aves, fauna salvaje y técnicas de caza y comunicación en la selva), o lanzarse en canopy (una especie de tirolina) por encima de los árboles en la Reserva Natural Tanimboca.

Por la noche se puede cruzar a la frontera brasileña en Tabatinga (un taxi desde Leticia apenas cuesta cinco euros) para descubrir una de las fiestas más locas de Latinoamérica: antros oscuros con música en vivo sin horarios de cierre, donde la juventud se reúne para beber caipirinhas y cerveza mientras baila a ritmo de reggaetón, electrónica y otros sonidos sudorosos.

Dicen en esta región de la esquina sureste del país cafetero que uno puede desayunar en Colombia, comer en Perú y cenar en Brasil en el mismo día. Los habitantes de Leticia, así como los de Tabatinga y Santa Rosa (en el lado peruano) no se sienten realmente de ningún lugar más que del Amazonas, son apátridas que viven de la pesca (y, cada vez más, del turismo) y comparten unas costumbres propias.

El puerto de Leticia, con su ajetreo comercial y las casitas flotantes que se esparcen por la orilla del río, recuerda al de la película ‘Waterworld’ de Kevin Costner. La vida de estas personas se funde en el día a día con el agua. Al salir del estrecho canal que conduce al Amazonas está el punto imaginario que conecta los tres países.

He estado un par de veces en esta región y guardo con especial recuerdo la aventura que compartí con dos amigos catalanes y Francisco, un guía que nació en Perú. Decidimos huir de los planes turísticos y adentrarnos en las selvas a orillas del río. Para ello navegamos en una embarcación chiquita a motor, con toldillo para el sol y una nevera, hacia el Yavarí, un afluente por la margen derecha del Amazonas que discurre entre la frontera peruana y brasileña.

Amazonas Colombia

Sebastian Delgado C/Shutterstock.com

Cada noche dormíamos entre la espesura de la jungla, siempre cerca del río, donde quedaba la barca amarrada. Francisco inspeccionaba la zona para asegurarnos de que no hubiera serpientes, arañas y otras criaturas peligrosas. Y entre todos montábamos el campamento con palos de madera, un techo improvisado con hojas de palmera y las cuatro hamacas en hilera. Los ruidos de la jungla cuando todo está oscuro sobrecogen la primera vez pero cuando te acostumbras funcionan como runrún narcótico.

Antes de acostarnos hacíamos caminatas nocturnas, que es cuando se descubre de verdad la increíble biodiversidad de este lugar. Telarañas, bichos y todo ese ajetreo imperceptible a la luz del día aparece enfrente de ti. Si hay suerte puedes ver algún mamífero que sale a cazar y, una de las imágenes más increíbles, a los hongos fluorescentes que iluminan el camino como si alguien los hubiera puesto allá como guía entre las sombras.

Cuando ven una luz roja se dirigen hacia la orilla: son los ojos de los caimanes

Francisco nos contó cómo los chicos aprender a cazar caimanes pequeños cuando cae el sol. Avanzan en canoa entre los riachuelos y apuntan con una linterna a los bordes. Cuando ven una luz roja se dirigen hacia la orilla: son los ojos de los caimanes. Alargan los brazos hacia el agua y con las manos agarran a los animales. Es sólo un entrenamiento, una vez lograda la hazaña, los devuelven al río. Los pobladores locales son los mejores protectores del medioambiente pues la pervivencia de sus costumbres depende de ello.

Si las noches están cargadas de misterio y siempre sucede algo inesperado, los días son largos y divertidos. Al amanecer recogíamos el campamento y nos íbamos a duchar y lavarnos los dientes a las cabañas de una familia brasileña que conoce Francisco en la zona. Después de desayunar algún exquisito jugo local con huevos revueltos, partíamos hacia lo desconocido.

Lo mejor es no estar atado, olvidar el estrés y saber aprovechar los planes que surgen por sorpresa. En mi caso, son los que mejor recuerdo. Como aquella mañana que apostamos con unos chavales de la población unas cervezas para quien ganara un partido de fútbol. Jugamos descalzos, la portería eran unas piedras amontonadas. Obviamente, nos ganaron: corrían sin parar, como si no sintieran el calor pegajoso del trópico.

Otro día lo invertimos en caminar entre los bosques, admirando los majestuosos árboles, persiguiendo monos que saltaban entre las copas, identificando aves a través de sus cantos, esquivando hileras de hormigas por el suelo. El destino final era una charca donde reposa una hermosa flor amazónica que se llama victoria regia, un nenúfar gigante que se encuentra en aguas poco profundas.

Francisco nos enseñó a pescar pirañas. Básicamente lanzas un palo de madero con un trocito de pescado enganchado al final de un cable elástico, esperas unos minutos, y pican. Hay que saber dónde hacerlo y a qué hora. Después nuestros amigos brasileños de las cabañas nos las preparaban para almorzar a la brasa, con ensalada y salsa picante de ají.

Leticia Amazonas Colombia

Alfredo Ottonello/Shutterstock.com

Al atardecer nos gustaba ir a una zona tranquila del río para ver los delfines rosas, una especie que se da en este lugar, con las aletas cortas pero alargadas. Era el momento ideal para relajarse, charlar e incluso echar una siestecita en la barca con el vaivén del agua.

Íbamos casi a ras de agua y las pirañas saltaban adentro, chapoteando entre nuestros pies.

El último día nos adentramos hasta llegar a un poblado indígena que Francisco conocía bien. Nos hicimos amigos de los jóvenes del lugar, jugamos al fútbol (y volvimos a perder) y al atardecer salimos con uno de los chicos, un chaval de apenas 16 años, a navegar en busca de caimanes mientras Francisco nos esperaba en nuestra embarcación.
La canoa era estrecha y frágil, al menos para los cuatro. Íbamos casi a ras de agua y las pirañas saltaban adentro, chapoteando entre nuestros pies. Atravesamos un pasaje cubierto de vegetación y quedamos atrancados. Nuestra torpeza para salir de allá hizo que el barco naufragara. Todos menos el chico saltamos y nadamos penosamente hacia la orilla. Ya era de noche, estábamos lejos del poblado y el lugar estaba rodeado de caimanes.

En los tres años que llevo en Colombia me han sucedido cosas muy locas, pero aquello lo superó todo. Conseguimos ayudar a nuestro nuevo amigo a sacar la canoa a la superficie y, con un solo remo (el otro se perdió y el motor mojado no funcionaba), achicando agua con nuestras botas de plástico y empujándonos con las piernas en las rocas y el fondo del río (poco profundo en esa zona), alcanzamos el poblado.

Ese momento de superación y amistad fue único. Nos sirvió para darnos cuenta del peligro de la naturaleza. Aquella noche Francisco nos llevó de regreso a Leticia para volver a la mañana siguiente en avión a Bogotá. En un puestito con terraza en el parque de la ciudad pedimos ceviche y comenzó a sonar una música. Era Totó La Momposina, leyenda del folclor caribeño, que había venido a tocar para un festival que se celebra cada año, el Pirarucú de Oro, y que nos despidió con los versos de ‘El pescador’: “Va subiendo la corriente, con chinchorro y atarraya, la canoa de bareque para llegar a la playa…”.

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