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Colombia Llanos Orientales Capibaras
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José Fajardo

Una aventura por los Llanos Orientales de Colombia

Luc Kohnen/Shutterstock.com

Los Llanos Orientales es una de las regiones más hermosas y desconocidas de Colombia. Estas interminables llanuras que se funden con el Amazonas, atravesadas por la cuenca de la Orinoquía y que abrazan a Venezuela son tierras que albergan una naturaleza inhóspita con fauna salvaje, cuna de una cultura riquísima donde los mitos se cruzan con la hospitalidad de sus gentes, auténticos cowboys que aman la vida en el campo.

Cuando aterrizo en Yopal (hay vuelos de una hora desde Bogotá, la capital, a partir de 25 euros) ya había oído hablar de sus atardeceres rojizos en las canciones del Cholo Valderrama; había soñado con sus ríos, lagunas y sabanas por las crónicas del periodista Alfredo Molano Bravo. Yopal es la capital del Casanare, un lugar que impresiona cuando te adentras en sus profundidades.

Este departamento en el oriente de Colombia es una de las zonas que han ganado un potencial turístico enorme tras la firma de la paz a finales de 2016 que puso fin a más de medio siglo de conflicto con la guerrilla de las FARC. Ya es seguro viajar por la zona, que todavía conserva esa magia de lo inesperado que poseen los lugares que pocos conocen.

En busca de la anaconda de ocho metros

Los locales dicen que el Casanare es el África de Colombia. Un recorrido en 4×4 se convierte en un safari donde se ven babillas (caimanes que llegan hasta los tres metros), chigüiros (unas nutrias gigantes que siempre van en manada), tapires, venados, zorros, osos hormigueros, saínos (parecidos al jabalí)… y con suerte se puede avistar alguno de los grandes felinos como el puma, el ocelote y el jaguar, un animal sagrado para diversas tribus indígenas de la amazonía.

Colombia es uno de los destinos más codiciados para los amantes de las aves: cuenta con más de 1.900 especies, 350 de las cuales están en el Casanare. Entre ellas se encuentran los búhos guarracucos, que se confunden con la tierra por su color marrón y porque construyen sus nidos en cuevas bajo el suelo, la corocora (una hermosa garza de plumas rojas), los gansos del Orinoco y otras en extinción como el paujil colombiano, de colores negro y blanco.

Mi sueño es encontrarme con la anaconda que habita sus humedales, un reptil majestuoso que llega hasta los ocho metros en esta región. La aventura comienza en un jeep para ir desde Yopal hasta Paz de Ariporo (una hora por carretera pavimentada), y de ahí, otras dos horas por una vía destapada hasta llegar a La Chapa, donde subo a una embarcación a motor para atravesar las aguas del río Ariporo.

Colombia es uno de los destinos más codiciados para los amantes de las aves: cuenta con más de 1.900 especies, 350 de las cuales están en el Casanare.

El plan es navegar aprovechando las horas de luz (en Colombia atardece sobre las seis de la tarde) y mientras disfrutar del paisaje: vegetación selvática a ambos lados con pequeñas playas naturales donde descansan las babillas y se tuestan al sol. Los chigüiros se esconden con torpeza a nuestro paso, algunos caen al agua. En los troncos viejos sobre la orilla se distingue el verde menta de las iguanas y las tortugas alargan el cuello para asomar la cabeza. Los gritos de los monos aulladores que se esconden en las copas de los árboles me acompañan todo el trayecto.

Kayaks Manglares

Maria Kraynova/Shutterstock.com

Ternera a la llanera y el mito de la bola de fuego

Cuando llego a la hacienda donde voy a pasar la noche, aún no he tenido suerte: la anaconda se esconde, tampoco he podido ver toninas, unos delfines de agua dulce. Estoy en un hato típico llanero: las grandes fincas donde duermen los trabajadores y guardan los animales: caballos, vacas, cerdos, gallinas y perrillos. Dormiré en una hamaca al aire libre. La mosquitera es imprescindible para evitar las picaduras de los temibles pataslargas.

Para cenar hay una degustación de productos del Llano: elijo la mamona o ternera a la llanera, una carne jugosa asada con sal y condimentos al gusto. Soy fan del picante así que hecho ají y acompaño el plato con yuca. Para beber hay limonada: panela (azúcar de caña sin refinar) disuelta en agua con unas gotas de limón, una bebida refrescante que sirve para recuperar fuerzas.

Es esta una tierra supersticiosa y salvaje, de verdad fascinante

Antes de acostarme me quedo charlando con los trabajadores de la finca. Hablan de las leyendas y mitos llaneros. Me cuentan la historia de la bola de fuego, que en realidad es el alma de una mujer que atrae a los hombres y cuando se acercan ésta baila haciéndoles desaparecer entre las llamaradas. Oímos unos gritos horribles en la noche. Unos mozos han tenido que sacrificar a un marrano macho que se había metido en el hato y estaba acosando a los animales. Es esta una tierra supersticiosa y salvaje, de verdad fascinante.

Un desayuno típico del campo colombiano

En el campo es necesario desayunar fuerte para aguantar la inclemencia del clima (hay cerca de 30 grados y mucha humedad) y tener energías. Como unos huevos pericos, que van revueltos con cebolla y tomate y acompañados con una arepa de maíz. En Colombia les gusta mezclar lo dulce con lo salado: en una taza de chocolate caliente echan queso para que se derrita, yo no me he acostumbrado. Pero sí acepto un jugo de guanábana, un fruto de corteza verde con espinas que esconde una pulpa blanca, dulce y refrescante, y un café guarulo, negro, aguado, con generosas cucharitas de panela y un pellizco de canela.

Hoy iré en kayak junto a un guía local, al que llaman Peluche porque de pequeño era peludo, siguiendo el curso del río Ariporo hasta llegar a la reserva natural La Aurora. Según avanzamos la sensación de estar en las profundidades de la naturaleza salvaje se hace más evidente. Peluche debe rondar los 50 años y maneja con destreza los remos, conoce bien estas aguas, que son bastante tranquilas pero siempre esconden sorpresas.

Me cuenta que el mejor momento para ver las anacondas es en la época de sequía, desde noviembre hasta abril, porque las corrientes bajan y los animales quedan a la vista. Estamos a finales de octubre y pienso que en esta ocasión no cumpliré mi sueño. Pero por este paseo por el río ya vale la pena haber llegado hasta aquí: es increíble la sensación de libertad de ir con el kayak y poder parar en cualquier lugar entre estos paisajes.

Colombia Llanos Orientales Caiman

Luc Kohnen/Shutterstock.com

A caballo entre caimanes y aguardiente en la noche

Ese mismo día, por la tarde, doy un paseo a caballo por la reserva acompañado por Peluche y varios muchachos locales. En una laguna hay un grupo de babillas que parece que nos estén esperando, con las mandíbulas abiertas enseñando los poderosos dientes. Los caballos, acostumbrados, no se asustan. Más allá una manada de chigüiros se relajan cerca de la orilla. El reflejo del sol poco antes del atardecer en el agua es precioso. La imagen parece una postal.

Suenan canciones que hablan con orgullo del tipo de vida que lleva esta gente en el campo

Esta noche dormiré en otro hato en medio del campo, este más lujoso: tiene habitaciones con camas cómodas y baño propio. Tras la cena sirven vasitos para tomar aguardiente, el licor típico de Colombia con un sabor parecido al anís. Se puede acompañar con rodajas de naranja con sal y tragos de agua para que el guayabo (la resaca) sea más benévolo.

Un espectáculo de joropo ameniza la velada, el baile típico de los llanos colombianos y venezolanos. Cada pareja se mueve en una coreografía girando sobre sí misma, con las manos enlazadas y moviendo los pies como si el suelo tuviera ascuas ardiendo. Suenan canciones que hablan con orgullo del tipo de vida que lleva esta gente en el campo.

Al día siguiente emprendo el camino de regreso por tierra firme en 4×4. Hasta llegar al aeropuerto de Yopal nos demoramos varias horas porque nos detenemos para hacer fotos a una pareja de búhos, a la enésima familia de chigüiros (son tan adorables) e incluso tenemos tiempo para visitar una finca donde están desparasitando al ganado. La escena mezcla la sabiduría de los vaqueros con la realidad salvaje de estas llanuras: las vacas se arremolinan con violencia mientras los muchachos las inyectan a jeringazos la medicina.

En el tiempo de espera en el avión para volver a Bogotá pienso que ya tengo una excusa perfecta para volver a visitar el Casanare: aún no he visto a la anaconda de ocho metros.

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