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Costa Rica Guanacaste carreta tirada por cebues
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Ángel Martínez Bermejo

En busca de la Costa Rica de siempre

Wollertz/Depositphotos

Cuando llegué a Costa Rica buscaba lo mismo que casi todos los que recorren este país: explorar bosques, escalar volcanes y descansar en la playa. Y así preparé un viaje fabuloso de costa a costa en el que visité un número incontable de parques nacionales, realicé diferentes excursiones y me maravillé con la naturaleza. Vi tortugas, perezosos y colibríes, me sumergí en los sonidos de la selva en un recorrido nocturno y caminé por puentes que sobrevuelan el dosel del bosque y por senderos que llevaban a cascadas y lagunas de colores imposibles.

Pero antes de dedicar unos días a relajarme en alguna playa tranquila quería conocer algo de la vida tradicional. Entonces recordé un consejo que me habían dado unas semanas antes en San José: si quería vislumbrar la Costa Rica de siempre debería ir a la península de Nicoya, en el noroeste, a orillas del Pacífico. Así que tomé un autobús a Liberia, la capital de la provincia de Guanacaste.

A medida que avanzábamos por la carretera el paisaje cambiaba poco a poco. En un momento desaparecieron los bosques húmedos de verde perenne que cubren las laderas de las montañas y entramos en una llanura ondulada en la que los árboles, mucho más escasos, habían perdido sus hojas al encontrarnos en la estación seca. Esta zona no recibe el régimen de lluvias que caracteriza a la vertiente caribeña de la cordillera y es, con diferencia, la esquina menos exuberante de Costa Rica.

Costa Rica Carretera Volcan Arenal

Nachosuch/Depositphotos

Y entre el cambio de paisaje y la llegada a una ciudad viniendo desde un parque nacional, en Liberia casi me sentí en otro país. Caminé por la plaza Central, junto a su iglesia, y contemplé esas escenas de la vida diaria: el vendedor de helados con su carrito estratégicamente detenido en una sombra, los chavales que salían de la escuela con sus mochilas a la espalda, las parejas que se decían sus cosas en los bancos de la plaza.

Liberia es, probablemente, la ciudad con más personalidad de todo Costa Rica. En las calles de los alrededores pasé junto a algunas muestras de arquitectura tradicional muy peculiar. También encontré dos detalles particulares: el monumento al sabanero y el Museo del Sabanero. El sabanero es el vaquero, el trabajador de las estancias ganaderas, y tanto el monumento como el museo rinden homenaje a este personaje característico de la cultura popular local. Todo el folclore de la zona, sus bailes y canciones, sus ferias y rodeos, gira en torno a su forma de vida. Es el eje de la Costa Rica tradicional y campesina que vive anclada en sus raíces y ajena al boom del ecoturismo.

Todo el folclore de la zona, sus bailes y canciones, sus ferias y rodeos, gira en torno a su forma de vida

Esta región del noroeste de Costa Rica, con su clima seco y su relieve suave es la zona más propicia para los asentamientos humanos. Antes de la llegada de los españoles la península de Nicoya y los territorios cercanos estaban ocupadas por los indios chorotegas que, aunque no alcanzaron un nivel comparable al de otras culturas de la época, formaban la sociedad más avanzada de la región. Fundamentalmente estaban relacionados con las civilizaciones mesoamericanas, ya que eran originarios de lo que ahora es el norte de México, hablaban un idioma de origen náhuatl (como los aztecas) y tenían algunos conocimientos de escritura y calendario (herencia de sus relaciones con los pueblos mayas). Pero en su cerámica se aprecian algunas influencias que son claramente sudamericanas. La de los chorotegas tal vez fuera la cultura que se encontraba justo en el límite de influencia de los dos grandes focos de civilización precolombina.

La presencia indígena es muy pequeña en la Costa Rica actual, un país de mayoría blanca con una importante minoría negra que se concentra en el litoral caribeño. Sin embargo, la cultura chorotega muestra un cierto resurgimiento, y sus miembros han recuperado el orgullo perdido de pertenecer a una comunidad con características propias. Este orgullo se muestra en un estilo propio de cerámica, que recupera sus raíces ancestrales. Para conocerlos me dirigí a Guaitil, donde se concentran los maestros alfareros más conocidos.

Costa Rica Guanacaste Sabaneros montando caballos

Barna Tanko/Shutterstock.com

Guaitil es un pueblo pequeño en el que abundan los talleres de cerámica y no me resultó difícil encontrar uno de ellos, en el que me dejaron observar libremente todo el proceso de trabajo. Varios miembros de la familia se afanaban en preparar diferentes piezas, que luego llevaban al horno de leña que se levantaba en un extremo del patio. Algunas las pintaban en rojo, ocre o negro, y otras eran pulidas durante largo rato hasta que conseguían el efecto deseado. Hacían platos, cuencos y fuentes, pero también unas curiosas jarras con forma de vaca pero sólo con tres patas. Sus rostros tenían unos rasgos y un color completamente diferentes de todos los que me había encontrado hasta ahora, y la escena tenía algo de antiguo: el trabajo era absolutamente manual y no había dos piezas exactamente iguales.

Un pueblo que se enfrenta al mundo actual y a las influencias externas con los pies bien firmes en la tradición

Luego, al recorrer el pueblo encontré la escuela. Allí, en una sala amplia, fresca y bien ventilada, un grupo de niños estudiaba inglés. Pensé que tenía mucho futuro un pueblo que se enfrenta al mundo actual y a las influencias externas cuando tiene los pies bien firmes en la tradición.

En algún lugar leí que en la península de Nicoya se encuentran las tres cuartas partes de las plazas hoteleras de Costa Rica ya que, además de ser la zona más seca, aquí están las únicas playas de arena blanca del país. La zona del golfo de Papagayo, de Bahía Culebra, y las playas de Flamingo, Tamarindo y Hermosa atraen a decenas de miles de visitantes. Recorrí varias de ellas y me pareció que Playa Conchal, con su arena blanca y resplandeciente, era la más tranquila y relajante.

Guanacaste Sabanero con cebú

Barna Tanko/Shutterstock.com

Un día, a pocos kilómetros de Tamarindo, observé que se realizaban los preparativos para un rodeo. Es la fiesta típica de la cultura sabanera y en ella se puede mostrar la pericia con los caballos y el coraje al montar un toro salvaje. Faltaban unas cuantas horas para que empezara, y por los alrededores los sabaneros todavía se ocupaban de sus tareas diarias. Uno de ellos, con el porte del mejor protagonista de un western, conducía una manada de cebúes gibosos por un camino de regreso a la estancia. Un grupo de personas conversaba a la sombra de un guanacaste, el árbol nacional que da nombre a esta provincia. Una muchacha vestida de rosa pasó en su bicicleta de color rosa junto a un jacarandá de flores rosas.

El rodeo es la fiesta típica de la cultura sabanera

A medida que avanzaba la tarde el pueblo se animaba. Los puestos de comida humeaban y empezaba a correr la cerveza y la chicha. La música dominaba el ambiente. Llegaban familias enteras en coche y los sabaneros, con sus camisas bordadas, montaban orgullosos sus caballos enjaezados que marcaban el paso de forma precisa. Las gradas del coso se llenaron de espectadores y justo con la puesta de sol empezó el espectáculo. Los jinetes lucían sus habilidades con el lazo y los más jóvenes montaban toros a pelo, y el público jaleaba a todos por igual. Así, durante unas horas, sentí que vivía el ambiente de la Costa Rica más auténtica.

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