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Ángel Martínez Bermejo

Puerto Maldonado, en los confines del Amazonas Peruano

Christian Vinces/Shutterstock.com

Supongo que habrá pocos lugares del mundo en que un vuelo tan corto ponga en contacto dos mundos tan diferentes. De las alturas de los Andes se llega, en una hora, a la selva amazónica. Hace nada, en Cuzco, he vivido una historia centenaria plasmada en muros incaicos e iglesias barrocas que a veces se sobreponen materialmente, y en sus alrededores he vagado por tierras áridas y pedregosas donde la luz es pura y el aire se siente en la cara como un beso frío y cortante. Sin embargo, en un suspiro, he llegado a Puerto Maldonado, en las tierras bajas del oriente peruano. Aquí hay un río ancho, una humedad cálida que te abraza, el atisbo de los bosques tropicales. Otro mundo.

Todavía conserva ese aire de ciudad fronteriza, de exploradores, de lugar en el que se está desde hace muy poco tiempo

Puerto Maldonado es una ciudad de calles rectas que acaban asomándose a los terraplenes desde donde se ve cómo los ríos Tambopata y Madre de Dios se deslizan lentamente por la selva. Ha cambiado bastante en los últimos años, pero todavía conserva ese aire de ciudad fronteriza, de exploradores, de lugar en el que se está desde hace muy poco tiempo. Su historia, que se remonta a principios del siglo XX, es la crónica de la entrada del ser humano en la selva. Desde aquí se ha ido en busca de los que la zona ofrece: madera, oro o petróleo, según la época. El turismo es, ahora, una nueva riqueza, ya que se aprovecha de su cercanía de Cuzco, el destino obligado de cualquier visitante a Perú.

A pesar de la cercanía en kilómetros a Cuzco y de su fácil acceso en la actualidad, Puerto Maldonado ha vivido, históricamente, ajena a ese mundo andino. Aunque ahora es otra cosa, la carretera siempre ha estado en malas condiciones y el viaje se alargaba tanto que la comunicación fue mínima durante décadas. Sí, todo ha cambiado y ahora este rincón de la selva resulta el complemento ideal a un viaje a Cuzco y Machu Picchu.

Puerto Maldonado Río

Nevin Xavier/Shutterstock.com

Ahora un puente salta sobre el Madre de Dios y la carretera continúa hasta Iñapari, en la frontera con Brasil. Cómo han cambiado las cosas desde mi primera visita, cuando Puerto Maldonado era prácticamente una isla en un mar de selva, sin apenas conexiones por tierra. El camino hacia Brasil era impracticable a pesar de que las lluvias habían terminado hacía meses. La idea de navegar río arriba por el Madre de Dios hacia el Parque Nacional Manu —la mayor extensión protegida de selva del país— era una aventura fuera de mi alcance, sólo factible mediante una expedición muy bien preparada, con guías, provisiones y permisos muy difíciles de obtener. Entonces alguien me habló de Laberinto, un poblado que era el centro de los buscadores de oro de la zona, donde se compraba y se vendía el metal que se obtenía en pequeñas explotaciones en las orillas de los ríos. Cada año, las crecidas traen una nueva provisión de oro en polvo, que se mezcla con la arena y se deposita en el fondo. Cuando baja el nivel de las aguas surgen nuevas playas fluviales que se convierten en el objetivo de los mineros. Vi cómo trabajaban con técnicas que parecían haber cambiado poco en los últimos dos siglos, exactamente como en las películas del oeste. Encontré mineros sentados en la orilla, moviendo la batea con agua y arena y la ilusión de encontrar algo de polvo dorado en el fondo. Pasé una tarde en un bar de Laberinto tomando cerveza y escuchando historias de los buscadores de oro. Sí, parecía un saloon sacado de un western.

El camino hacia Brasil era impracticable a pesar de que las lluvias habían terminado hacía meses

Otro día tuve suerte y encontré un barco boliviano que me aceptaba como pasajero en su viaje de regreso a Riberalta, desde donde podía pasar fácilmente a Brasil y continuar mi viaje. Habían descargado los sacos de castaña y volvían casi de vacío, con la idea de parar en diferentes haciendas para cargar caucho y negociar con esas mercancías —balas, pilas, medicinas, botellas de ron— que son tan valiosas como escasas en los caseríos aislados que surgen a orillas de los ríos. Fueron unos días de lenta navegación por canales rodeados de una selva tupida que se llenaba de sonidos misteriosos cuando caía la noche, respondiendo a las llamadas que se recibían por radio de los recolectores de caucho. Nos bañábamos en playas solitarias de ríos anchos que, en la Amazonia, son considerados casi arroyos minúsculos. Qué lejos me sentía de las alturas de los Andes, de la fortaleza de Sacsayhuamán o del glaciar del Ausangate adonde había subido con los peregrinos de Colloriti. Estaba en otro mundo.

Ahora he regresado a Puerto Maldonado con un guía que me hace descubrir la naturaleza de otro modo. Lo primero fue remontar el río Tambopata hacia la Zona Reservada Tambopata-Candamo, que casi rodea al Parque Nacional Bahuaja-Sonene. Allí fuimos en busca de la llamada collpa de guacamayos de Chuncho. Las collpas son paredes de tierra arcillosa que se forman en las orillas de ciertos ríos. En algunas de ellas se produce uno de los más extraños espectáculos de la naturaleza, normalmente justo al amanecer. Entonces llegan gran cantidad de loros, periquitos y guacamayos que, durante unos minutos, comen la arcilla que aflora en estos pequeños precipicios. Este extraño comportamiento no está definitivamente explicado, pero probablemente la arcilla les sirva para contrarrestar de alguna manera las toxinas que tienen determinadas frutas antes de madurar.

Puerto Maldonado Guacamayos

Ostill/Shutterstock.com

Ahora tenía un alojamiento a orillas del Madre de Dios —río abajo desde Puerto Maldonado— cerca de los lagos Sandoval y Valencia porque son buenos lugares para observar la naturaleza. En esta zona fui capaz de ver caimanes, tortugas, capibaras, monos y otros animales de buen tamaño. El jaguar, que habita en lo profundo de la selva, resultó como siempre invisible. El vuelo de las aves eran trazos de colores brillantes sobre el fondo verde de las copas de los árboles.

Para llegar al lago Sandoval navegamos por el Madre de Dios y luego seguimos una pista de pocos kilómetros que permitía un acercamiento sosegado al lugar. Luego, en piragua, recorrimos el lago, cuyas orillas aparecen casi completamente cubiertas por un bosque de palmeras altísimas. Al acercarnos a la orilla avanzamos entre las raíces aéreas del manglar y el ambiente tenía algo de irreal. Fue la ocasión de observar a la nutria gigante, una especie en peligro de extinción.

Distinguir los ojos brillantes de los caimanes cuando los iluminaba con una linterna

Otra experiencia extraordinaria fue el recorrido por una pasarela colgante. Por ella se camina a unos 30 metros de altura, entre las copas de los árboles, y la visión de la selva es tan insólita como fascinante. Fue la primera vez que viví una experiencia semejante, la de poder contemplar el mundo desde el lugar al que sólo han llegado antes los animales salvajes. Las ramas, las hojas frondosas, todo está al alcance de la vista, al alcance de la mano.

Una estancia de pocos días en un lodge en la selva supuso un salto cualitativo en el conocimiento de este medio, el encuentro con lo nunca visto, con lo inesperado. Con la ayuda del guía pude descubrir algunos de los secretos del bosque y del río: encontrar la planta de la que se extrae un tinte con el que los indígenas se hacen dibujos en la piel o el árbol cuya corteza ahuyenta los mosquitos. O cruzarme con arañas negras con los extremos de las patas rosas, oír el escándalo de los monos en las copas de los árboles y, cuando caía la noche, distinguir los ojos brillantes de los caimanes cuando el guía los iluminaba con una linterna. Y atreverme a comer termitas. Sí, es otra realidad, la experiencia de lo desconocido. Otro mundo.

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