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Machu Picchu
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Alex Bayorti

Valle Sagrado de los Incas al completo relatado por un viajero

Machu Picchu

“Cuando la sangre de tus venas retorne al mar, y el polvo en tus huesos vuelva al suelo, quizás recuerdes que esta tierra no te pertenece sino que tú perteneces a la tierra” (Jefe Pontiac)

Apenas contaba con once años cuando se puso de moda la Encarta, una enciclopedia digital que hoy estaría obsoleta y de la que las nuevas generaciones ni siquiera han oído hablar. Pero por aquel entonces contenía revolucionarias e interactivas maneras de acercarse a un mundo que se me antojaba mucho más grande sin los vuelos low cost y los hostels que hay actualmente para viajar al otro extremo del mundo. Se trataba de las vistas de 360º en torno a las maravillas del mundo y los monumentos más emblemáticos. Entonces me fascinaron los restos de una ciudad situada en las laderas de una montaña a miles de metros sobre el nivel del mar. Esta construcción era el Machu Picchu y, desde entonces, siempre he soñado con viajar a Perú. Hoy mis ambiciones son mayores gracias a las facilidades que hay para viajar a países lejanos y por eso quiero contaros la historia de un sueño, de un viaje al Valle Sagrado.

Historia de una partida y regreso al Valle Sagrado de los Incas

Dicen que el mejor momento para recorrer el Valle Sagrado de los Incas es la temporada seca que va de Abril a Octubre. Durante estas fechas los vuelos económicos serán más costosos por lo que es preferible que reserves con antelación. Así lo hice yo, al menos. Aunque mi objetivo era el Machu Picchu abandoné esa idea reduccionista muy rápido. Exactamente cuando aterricé en la histórica (para muchos, mítica) ciudad de Cuzco.

Mi idea era ir de Cuzco a Chinchero directamente pero cambié de opinión al contemplar esta ciudad que parece haber sido cubierta por una fina capa de arena que no son otra cosa que sus numerosos tejados, aglutinados en un conjunto que impresiona desde las alturas. Esta maravilla poblada desde el año 600 a.C me impresionó por su gran altitud a 3000 metros sobre el nivel del mar y por su entorno natural. Ascender por los cerros Picho y Rodadero son una obligación si te gusta el senderismo y pasar por Cuzco sin visitar su centro histórico supone un desafío a cientos de años de historia.

No me fui hasta después de pasear por el templo de Corichancha, la Plaza de Armas y la flamante Catedral de Cuzco. Por cierto que toda la ciudad ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Para comer, atrévete con el Deva Restaurante Típico o con el Pachappa. Son dos de los mejor valorados por los clientes y merecen la pena en lo que se refiere a relación calidad-precio.

Los pueblos del Valle Sagrado: antes del Machu Picchu

Ollantaytambo

Cuando estás a punto de desbloquear un logro como el que supone llegar hasta uno de los lugares soñados en la infancia, a menudo la ansiedad hace que no se disfrute igual. Para evitar que esto me sucediera, decidí tomarme el viaje con calma y dormir cada noche en uno de los pueblos bonitos del Valle Sagrado.

Una noche en Pisac

Pisac fue mi primera parada y a diferencia de lo que me esperaba era bastante turístico. Lo curioso del asunto es que lo era porque era un pueblo de culto para realizar retiros espirituales y para quienes buscan nuevas sensaciones ligadas a las hierbas psicoactivas. Yo solo pasaría una noche en el Hospedaje Chaska Pisac, un alojamiento relativamente económico. Al día siguiente tomé un autobús hacia Urubamba. Pensé que el recorrido sería más largo pero apenas tenía una duración de una hora y media.

Urubamba

No soy muy dada al deporte pero el rafting siempre me ha llamado la atención. ¿Y dónde mejor? Tenía el propósito de pasar solamente una noche en Urubamba pero después de un día intenso practicando este deporte (y con las consiguientes agujetas) decidí pasar un día más y dejar Ollantaytambo para el día siguiente.
Además del río que le da nombre a la localidad, Urubamba me sorprendió por sus amaneceres, de una espléndida belleza. Descubrí la preciosa iglesia de Santiago Apóstol y la casa Martín Pio Concha. También probé la sopa de quinoa y el ceviche de trucha en el restaurante Qanela mientras planificaba la nueva ruta que quería seguir. Apenas unos pocos kilómetros me separaban de Ollantaytambo así que allá fui.

Ollantaytambo

La puerta de entrada al Machu Picchu es también un pueblo con encanto. Si estuviera en México, seguramente formaría parte de los pueblos mágicos del país. Y es que cuenta con un complejo arqueológico con el que entran aún más ganas de conocer Machu Picchu. Conoce las terrazas del antiguo pueblo inca de Ollantaytambo y el museo a lo largo de tres horas de caminata. El precio general es de 70 soles. Para dormir casi todos los hospedajes son igualmente económicos y la gastronomía es la típica del valle.

Machu Picchu: la joya del Valle Sagrado Inca

Me hubiera gustado hacer el Camino Inca pero es difícil disponer de tantos días y tampoco estoy muy en forma así que, por esta vez, preferí viajar directamente en el tren que une Ollantaytambo hasta Aguas Calientes. El pueblo de Aguas Calientes es el punto de partida para llegar al Machu Picchu a pie. Eso sí, menos mal que había reservado mis billetes y el boleto del antiguo Olimpo Inca con antelación porque había mucha más gente de la que pensaba. El Machu Picchu no es una atracción económica ni mucho menos aunque se puede entender que se paguen unos 40$ por el acceso cuando en otras de las Siete Maravillas del Mundo como Petra también se abonan casi 60$ por pase.
Y por primera vez pude ver con mis propios ojos la zona agrícola y la zona urbana, conocer los sectores Hurín y Hanan de la zona urbana y pasear por la zona de las canteras. ¡Todo ello a más de 2500 metros sobre el nivel del mar!
No obstante tengo que añadir que me hubiera gustado conocer Chinchero, Qenqo, Puka-Pukara, Tambomachay y Sacsay-Huaman, que eran otros de los pueblos de los que tanto había oído hablar. Pero tenía que regresar a Cuzco y después a mi hogar. Ese hogar que ahora quedaba desdibujado porque, al final, siempre seremos de donde estamos en cada instante, con la casa a cuestas y la mirada siempre fija hacia delante, en busca de aventuras.

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